No aprendo, no aprendo nada.
Mi vida un caos año tras año,
despreciando el orden, la coherencia y la sencillez,
volviendo siempre a la comodidad de mis vicios
Sin encontrar recompensa,
y recaigo y recaigo en esta adicción de mutilar flores en mi jardín.
Mientras esta hoja se arruga,
y con el tiempo las palabras que hay dentro desaparecen,
en vez de crecer me encojo,
desarreglo mi habitación cada vez con más fuerza,
ni siquiera el olor a excrementos,
cada vez mas incrustado, ahora me molesta.
Antes andaba perdida,
ahora solo encuentros este camino sin mas opción,
me voy difuminando a carboncillo,
no dejo lugar en blanco,
el pasado sigue y me persigue,
condenada a mirar atrás a cada paso,
volando como un ave carroñera sobre los restos de ayer.
No tengo miedo a nada,
se que se desatara algo en mi peor que la enfermedad,
quizás no duela la pérdida,
quizás el invierno ya me haya hecho suya.
Solo creo en lo que escribo y pinto,
en el deseo de ser victima de mi misma.
Dudaría de mí si tuviera que matar,
pagaría cualquier precio por ser quien soy y no estar equivocándome,
me asusta no ser de nadie,
ser mi propio Dios.
Me cuesta asumir mi odio hacia la vida
y mi atracción por la muerte,
la visión de otro mundo,
el cambio de paradigma,
la simbiosis con la nada
y el reverso de lo absurdo.
A la muerte me gusta imaginarla en un espacio clandestino,
donde nadie tiene ojos
y las reglas se dibujan.
Allí consigo escucharme con claridad
y las palabras fluyen sin límites ortográficos.
Nada de lo que hay allí ha sido creado por nuestro cerebro.
Todo es transparente
y la soledad se hace grata.
El mundo es estático,
y el movimiento no es más que la retórica de nuestra
existencia.
Los muros son bidimensionales
y se rompen solo con soplar.
De los sentidos cada vez se sabe menos,
y para encontrar la verdad no son necesarios microscopios, ni
luces, ni fotos.
La verdad única se huele,
y aceptamos que ya estábamos muertos antes de venir.

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